Un repentino hecho patatero

De repente algo entró en mí, lo sentí, como cuando se ve en las pelis como una energía se introduce en un cuerpo. Me visualizo allí plasmada, justo en ese momento, delante del váter, mirándolo fijamente, con la puerta cerrada e incluso creo que recuerdo que mi madre había subido a la terraza. Así como recuerdo como fue ese impulso tan grande que sentí, ese impacto, madre mía que fuerte se sintió y que fuerte se sigue sintiendo. ”PRUEBA! PRUEBA!” me dije y, ¿por qué no? Ahí empezó todo contra lo que he estado luchando hasta ahora, fue un pasadizo tan grande el que abrí, como si mi cuerpo se hubiera dividido en dos dejando un enorme pasillo en medio, como si estuviera celebrando una entrada triunfal, hasta sonó música heroica (ahora me lo imagino así), lo que no sabía es que iba a ser todo lo contrario al concepto de heroico, lo que entró en mi fue la cobardía más grandes de todas. Miré con dudas el retrete y me puse de rodillas (más tarde descubriría que no era la mejor técnica), a continuación introduje los dedos anular y corazón de mi mano derecha en mi garganta provocando un poco de vómito, creo que comí espaguetis ese día. Esto fue fácil, y distinto, me hizo sentir bien y quería continuar haciéndolo. Pasó un tiempo y lo tenía en secreto, solo se lo conté a una antigua amiga que también había empezado a hacerlo, es irónico pero después de haberme distanciado de ella (en verdad ella salió de la pandilla) fue cuando empecé, y no quiero malinterpretarme así que me quiero convencer de que no intento encontrar culpa en ella. Las dos nos habíamos puesto de acuerdo que un libro nos había dado la idea, aún recuerdo cómo fue el momento cuando leí el párrafo que decía que la chica era bulímica, mi cara de hmm…

Adelgacé muchísimo y ya claro mis padres no eran tontos, después de comer me dirigí al baño, y ellos me pararon, mi padre gritó ¡Señora Patata queremos hablar contigo! Entonces yo dije, uhhh… Llegué al lavabo y me dio tiempo de mirarme al espejo mientras oía esto, así que volví al salón y me senté en el sillón, mi padre me preguntó ¿has estado vomitando?, sabemos que lo haces y yo me puse a llorar sin encontrar explicación, y bueno, después lo típico, ¿desde cuándo llevas haciéndolo? ¿Por qué lo haces? Blah blah blah y desde ahí comenzaron a ponerme en contra desde lo que había sido mi fiel acompañante durante meses, claro que yo no supe que era malo hasta años después. Fue tan desconcertante, es decir, ¿cómo me iba a hacer daño algo que me había salvado, aislado de todo lo que pasaba a mi alrededor?, ¿cómo iba a ser malo? Imposible.

Cuando me dí cuenta de esto hubo otro punto de inflexión. Antes de eso pasaron muchas cosas unas más importantes, otras menos, recuerdo haber vomitado en las calles porque en mi casa ya no podía, recuerdo haber atrancado un váter de un bar por todo lo que vomité, recuerdo haberle dicho a mi amiga que se quedara conmigo dentro del baño mientras vomitaba para que cuando saliera los demás no sospecharan y recuerdo cuando mi madre me dijo ”has destrozado esta familia” después de haber echado a perder un día que hicimos uno de nuestros viajes familiares. Me di cuenta de ello cuando comencé a sangrar por la garganta o cuando mi gata murió y apenas me importó, estaba tan metida en mi mundo que años después apareció la culpa por esto. Ya empecé a plantarle cara a aquello que me acompañaba y me sentía mal porque también le estaba fallando. Yo, una ilusa quise buscar una balanza, ”no quiero dejarte pero pienso estar bien con mi familia y amigos”, no sé como pero me lo creí. Llevaba tanto tiempo unida a eso que no quería deshacerme del todo, me daba pena iba a perder otra relación, una relación tóxica pero me daba igual era más importante el que yo era el centro en esa relación de dos.

Para cuándo me quise despedir, ya se me había pegado como una lapa, era parte de mí, lo sigue siendo. Me sentía cómoda en esa zona de confort. Ahora solo busco tener el valor para recordarme todo el daño que me ha hecho, todo el daño que me he hecho yo.

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